¿Mecenazgo frente a subvenciones?

Trampa para ratones

¿Y por qué el Estado ha de subvencionar a los magnates financiadores de la cultura y no a los autores?

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03-06-2012
Los amplios recortes en subvenciones al mundo artí­stico y cultural impulsados por el nuevo ministro de Educación y Cultura, sumados a los ya efectuados por Comunidades y Ayuntamientos desde el inicio de la crisis, han sacado a la luz el proyecto de una nueva Ley de Mecenazgo, con la que se tratarí­a de sustituir el dinero público con la iniciativa privada.
Los amplios recortes en subvenciones al mundo artí­stico y cultural impulsados por el nuevo ministro de Educación y Cultura, sumados a los ya efectuados por Comunidades y Ayuntamientos desde el inicio de la crisis, han sacado a la luz el proyecto de una nueva Ley de Mecenazgo, con la que se tratarí­a de sustituir el dinero público con la iniciativa privada.

Recortes de un 35% para las ayudas a la producción cinematográfica, de un 22% para las industrias culturales y del libro, del 17% para las artes escénicas y la música, un 12,9% para los Museos,...

El mundo de las artes y la cultura tampoco se ha librado de la salvaje oleada de recortes presupuestarios aprobados por el gobierno de Rajoy.

No vamos a entrar ahora en la sangrante cuestión de que con sólo el 1% del dinero público que se va a dedicar a reflotar Bankia seria suficiente para no haber recortado un sólo euro en cultura. Pero sí es necesario, en cambio, entrar en la polémica desatada por el proyecto del ministro de ir liquidando las subvenciones públicas a las industrias culturales para dar paso a un nuevo modelo basado en la desgravación por inversión en la cultura.

En la actualidad, la ley española en vigor desde 2002 permite a los particulares desgravar hasta un 25% de IRPF de lo aportado a instituciones artísticas. Cantidad que en el caso de las empresas, se eleva hasta el 35% de la cantidad invertida de desgravación en el pago del impuesto de sociedades.

Ya a principios del año pasado el PP propuso en la Comisión de Cultura del Congreso incrementar la deducción en el IRPF de las personas físicas del 25% al 70% en las donaciones y aportaciones del mecenazgo. Y, en el caso de las personas jurídicas, que en el impuesto de sociedades se incrementara la base de deducción del 35% al 60%.

Al parecer, estas cantidades podrían incluso aumentar todavía en el nuevo anteproyecto del ministro Wert, mantenido hasta ahora en el más absoluto secreto. Según sus propias palabras, la idea es pasar de la “cultura de la subvención” a la “cultura de la desgravación”, permitiendo que “la sociedad recupere su protagonismo en la cultura” y no acabando con “las subvenciones a la cultura, pero sí con la cultura de la subvención”.

Del Estado a la plutocracia

Aun sin entrar en el auténtico corazón del asunto –que no es otro que las complejas, contradictorias e intrincadas relaciones entre arte y poder–, es necesario despejar la confusión en que tratan de enredar todo este tema.

Los partidarios de transformar el sistema de subvenciones publicas al mundo de las industrias culturales por el mecenazgo privado, afirman que “no es bueno que la cultura esté en manos de los Gobiernos de turno” y que resulta “más eficaz la asignación directa por parte de la sociedad civil que a través de las Administraciones públicas”.
Pero vayamos por partes.

¿De quién están hablando esta gente cuando hablan de la sociedad civil, un término aparentemente tan amplio como “neutro” en el que cabemos todos?

En realidad, tanto política como etimológicamente, hablar de sociedad civil equivale a hablar de sociedad burguesa. No es momento de detenernos ahora en ello, pero en sus orígenes, la sociedad de la ciudad (civitas en latín) o sociedad civil surge en oposición al estamento feudal rural. Y es en ella donde reina la burguesía, a cuya imagen y semejanza será acuñado por Hobbes, Locke o Rousseau (y desarrollado teóricamente por los grandes pensadores de la filosofía clásica alemana como Kant o Hegel) el término de sociedad civil.

Decir por tanto que la cultura esté en manos de la sociedad civil, no quiere decir otra cosa que esté en manos de la burguesía. En nuestros días, lógicamente, de la expresión más acabada y desarrollada de la burguesía, la única que de verdad cuenta a la hora del poder y la capacidad de decidir: la burguesía monopolista.

Que la cultura pase de manos “del gobierno de turno” a manos de la sociedad civil es, hablando en plata, que lo que hasta ahora era regido por el “Consejo de administración colectivo” de la burguesía monopolista (el Estado y su gobierno), ahora pase a estar dirigido directamente por los plutócratas y las grandes corporaciones financieras e industriales del país. Ni más ni menos. "Con el 1% del rescate de Bankia, no habría recortes en cultura"

Que la dependencia de las subvenciones del Estado, otorgándose la potestad de establecer las normas que regulan su concesión, y por lo tanto la existencia y la vida de los proyectos culturales, es un elemento castrador del arte y la cultura, es un secreto a voces. Sin embargo permite, al menos, que las clases  populares puedan intervenir en él según las correlación de fuerzas política que exista a nivel nacional o local en cada momento.

Por el contrario, dejar la financiación de las industrias culturales a plutócratas y grandes corporaciones es, literalmente, poner el mundo del arte y la cultura en su manos. Otorgarles la capacidad de decidir qué iniciativas, inquietudes, tendencias o artistas merecen ser financiados o no, qué es lo que el gran público va a tener la posibilidad de disfrutar o no.

En definitiva, al igual que está ocurriendo en otros ámbitos de la “sociedad civil”, proceder a una concentración monopolista del mundo del arte y la cultura, dejándola en manos de unos pocos magnates financieros.

De subvención a subvención

Otro de los grandes argumentos de los partidarios de la eliminación de las subvenciones públicas a la cultura reside en afirmar que el dinero público no tiene por qué dedicarse a sufragar las actividades culturales de un sector social minoritario (los artistas), que no necesariamente tienen por qué satisfacer los gustos e inquietudes del gran público.
Arguyendo, en este sentido, que sea la iniciativa privada la que corra mayoritariamente con los gastos, si esa determinada actividad cultural es de su gusto, sacándolos de su propio bolsillo.

El asunto tendría hasta cierta lógica sino fuera por la trampa que encierra el llamado fenómeno del mecenazgo. Al permitir la desgravación de entre un 70 y un 80% del dinero invertido por grandes fortunas o corporaciones monopolistas en el mundo del arte y la cultura, la realidad es que el dinero público es el que sigue pagándolo, en última instancia, todo. Sí, ciertamente, el Estado habrá reducido sus gastos en el Ministerio de Educación y Cultura, pero al mismo tiempo el Estado ingresará menos por las enormes desgravaciones fiscales que los Botín o las Koplowitz de turno podrán aplicarse a cuenta de adquirir un renovado prestigio social “financiando” suntuosos proyectos culturales. ¿De qué nos están hablando entonces?"Mecenazgo no es más que concentración monopolista del arte y la cultura"

La compleja relación entre arte y poder (1)
Arte que libera, verdad que mata

Dice Nietzsche en La voluntad de poder que “el arte tiene mas valor que la verdad”. Una afirmación sorprendente, pero que leída en profundidad arroja una luz reveladora sobre las relaciones entre arte y poder. Relaciones tan estrechas como turbulentas que constituyen un capitulo decisivo, a la vez imprescindible y desconocido, de la historia de la humanidad.

Basta recorrer brevemente cualquiera de las grandes pinacotecas mundiales donde está resumida gran parte de lo mejor de la historia artística de la humanidad –desde El Louvre de París hasta el Prado de Madrid, pasando por el Hermitage de San Petesburgo, el Metropolitano de Nueva York, la Tate Gallery de Londres o la Galería Uffizi de Florencia– para advertir inmediatamente la estrechísima relación que desde tiempos remotos han guardado los poderes de todo tipo (políticos, económicos, religiosos,...) con las obras y los autores –y las tendencias y rupturas artísticas que reflejan– allí expuestos.

A lo largo de cientos, incluso miles de años, los artistas que han pasado a la posteridad no lo han hecho tan sólo por la poderosa fuerza de su obra, sino también por sus cercanos lazos de vinculación con los poderes establecidos y la protección de aquellos que en cada momento histórico han controlado el desenvolvimiento del arte.

Esta estrecha relación entre arte y poder viene de antiguo, exactamente desde la constitución de lo que podemos entender como el primer Estado propiamente dicho: la Grecia clásica. Pero no siempre fue así.

En las numerosas ocasiones en que Antonio López –sin duda el mejor pintor español vivo– ha acudido a nuestros Ateneos, bien fuera a dar una conferencia, participar en una tertulia o dirigir un curso de pintura, nunca se ha cansado de repetir una idea que constituye uno de los puntos de partida imprescindible del serial que arrancamos con este artículo sobre las complejas relaciones entre arte y poder.

Incansablemente, Antonio López afirma una y otra vez cómo la escultura conocida como “el escriba sentado” –de autor desconocido y creada en el Imperio Antiguo de Egipto, entre los años 2.480 y 2.350 antes de Cristo– es para él una de las obras de arte más perfecta y acabada que conoce. "La estrecha relación entre arte y poder proviene de la Grecia clásica"

“Cada vez que lo observo me repito: qué vivo está esto y qué poco vivas están muchas cosas que se han hecho ahora mismo. Representa una concepción del arte, la del mundo antiguo, donde el artista casi desaparece, el artista no tiene voluntad de estar. En El escriba lo que importa es que tú veas a ese señor escribiendo. Y tú te dices que no está hecho copiando, pero al mismo tiempo tiene una capacidad de observación fascinante. Cómo están puestos los ojos del escriba, cómo están las manos. El escultor te quiere poner delante a la persona. Con un respeto, con una reverencia tan sentida, que cualquier concepto estético es una birria al lado de ese sentimiento. Ese es el verdadero arte para mí”.

Un artista tan desaparecido que, en efecto, 4.500 años después no sabemos nada de él y sin embargo no importa en absoluto. Y no importa porque por su obra está hablando toda una colectividad y toda una época histórica, eso es lo relevante. En sus orígenes, de eso es de lo que trata el arte y ese es el papel del artista. Hasta que la aparición del Estado como tal –y con él un poder situado por encima de la sociedad y opuesto a la mayoría de ella– subvierta y transforme la concepción originaria del arte y el papel del artista en el seno de la colectividad. Primer tema de nuestro serial que abordaremos en profundidad en la próxima entrega.

La fuente de todo arte y literatura
Mao Tsé Tung

¿Cuál es, en fin de cuentas, la fuente de todo arte y literatura? Las obras artísticas y literarias, como formas ideológicas, son producto del reflejo en el cerebro del hombre de una existencia social determinada. El arte y la literatura revolucionarios son producto del reflejo de la vida del pueblo en el cerebro de los artistas y escritores revolucionarios.

En la misma vida del pueblo están los yacimientos de materia prima para el arte y la literatura, material en estado natural, no elaborado, pero, a la vez, el más vivo, el más rico y el más fundamental; en este sentido, ante él quedan pálidos todo arte y literatura. Ese material constituye el manantial único e inagotable del arte y la literatura. Es la única fuente, la única posible, no puede haber otra.

Algunos preguntarán: ¿No constituyen otra fuente los libros, las obras artísticas y literarias de la antigüedad y del extranjero? En realidad, las obras artísticas y literarias del pasado no son una fuente, sino una corriente; fueron creadas por los antiguos y los extranjeros con la materia prima artística y literaria que encontraron en la vida del pueblo de sus tiempos y de sus países. "No existe, en realidad, arte por el arte, ni arte que esté por encima de las clases"

Debemos tomar posesión de todas las cosas buenas de la herencia artística y literaria, asimilar críticamente lo útil y usarlo corno ejemplo cuando creemos obras con la materia prima artística y literaria hallada en la vida del pueblo de nuestro tiempo y de nuestro país. Existe una diferencia entre tener y no tener tales ejemplos, diferencia que hace que las obras sean pulidas o toscas, refinadas o bastas, de alto o bajo nivel, ejecutadas con rapidez o lentamente.

Por eso no debemos de ninguna manera rechazar la herencia de los antiguos y de los extranjeros, ni negarnos a tornarla como punto de referencia, así sean estas obras de la clase feudal o la burguesía. Pero el tomar los legados del pasado y usarlos como punto de referencia jamás debe sustituir a nuestra propia labor creadora; nada puede sustituirla (...)

Aunque la vida social del hombre es la única fuente del arte y la literatura, y es incomparablemente más rica y más viva que éstos en contenido, el pueblo no se contenta solamente con la vida y pide arte y literatura. ¿Por qué? Porque, si bien tanto la vida como el arte y la literatura son bellos, la vida reflejada en las obras artísticas y literarias puede y debe estar en un plano más alto, ser más intensa, más concentrada, más típica, puede y debe estar más cercana del ideal y resultar, por lo tanto, más universal que la realidad de la vida cotidiana (...)

En el mundo actual, toda cultura, todo arte y literatura pertenecen a una clase determinada y están subordinados a una línea política determinada. No existe, en realidad, arte por el arte, ni arte que esté por encima de las clases, ni arte que se desarrolle al margen de la política o sea independiente de ella.

El arte y la literatura están subordinados a la política, pero, a su vez, ejercen una gran influencia sobre ésta (...)
Intervenciones en el Foro de Yenán. Sobre arte y literatura. 1942