Jordi Grau

Sicarios gallegos: De Franco a Rajoy

A "los que pueden"

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20-08-2012
Según el diccionario, Sicario significa "asesino a sueldo", que viene del latí­n "sicarius, sica, puñal". Existen sicarios de pequeña monta que matan por la espalda a alguien que solo conocen por una fotografí­a, y existen también sicarios de alto nivel, capaces de asesinar a un paí­s entero.
Jordi Grau
Según el diccionario, Sicario significa "asesino a sueldo", que viene del latí­n "sicarius, sica, puñal". Existen sicarios de pequeña monta que matan por la espalda a alguien que solo conocen por una fotografí­a, y existen también sicarios de alto nivel, capaces de asesinar a un paí­s entero.

Como es sabido, Don Francisco Franco Bahamonte (El Ferrol, provincia de A Coruña, 1892) no era ningún idealista, sino un militar profesional, buen estratega, ambicioso, eficaz e implacable. No fue él, por tanto, quien ideó el levantamiento derechista conocido como “Movimiento Nacional” de 1936 – detrás del cual estuvieron mentes de políticos como José Calvo Sotelo, militares como el General Don José Sanjurjo que ya se había levantado contra la República unos años antes y que por ello estaba desterrado en Portugal, y banqueros como Juan March – o personalidades eclesiásticas como el Cardenal Gomá, entre otros cuyos nombres suelen quedar siempre en la sombra -. No, el general Don Francisco Franco no fue, al principio, más que un profesional contratado, estuvo dispuesto incluso a abortar el Golpe si el Presidente de la República, Don Manuel Azaña, hubiera aceptado su ofrecimiento de ser nombrado Ministro de la Guerra: “Si su excelencia me nombra le garantizo que la República durará años”, dicen que le dijo al Presidente, sin confesar, naturalmente, que había recibido ya una oferta pàra unirse al “Movimiento” que estaban preparando. Pero Don Manuel Azaña, que no sentía ninguna simpatía por el prestigioso militar gallego, le ordenó pemanecer en su puesto y esperar órdenes. Y así fue como Don Francisco Franco Bahamonte se sumó al levantamiento militar que financiaba, entre otros, el banquero Juan March, a quien exigió nuestro futuro Generalísimo un buen dinero situado en Suiza a nombre de su esposa tal y como exige la precaución de cualquier estratega que se precie. Se trataba, pues, de un perfecto sicario, capaz de ponerse al servicio del mejor postor. "Seguía siendo el sicario útil con el sueldo bien seguro en Suiza"

El hecho de que más adelante se hiciera con el mando absoluto de la operación – aprovechándose de las “oportunas” muertes del General Sanjurjo y del consentido fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera por parte de las autoridades republicanas -, es algo que bien merece ser estudiado aparte, así como la colaboración “intelectual” de su cuñado Don Ramón Serrano Suñer para la confección de una “ideología política” que diera sentido al Golpe de Estado, apoyándose en la demagogia fascista de moda por aquellos tiempos, uniéndola a la ancestral tradición monárquica y, naturalmente, bajo la protección de la Iglesia Católica. Pero, aunque entrara bajo palio en los templos, seguía siendo el sicario útil con el sueldo bien seguro en Suiza.

Para muestra, baste un botón. Veinticinco años más tarde, en un viaje que el autodenominado “Caudillo de España por la gracia de Dios” realizó a Sevilla, alguien modificó “casualmente” el recorrido del coche oficial y el “Generalísimo” pudo ver de cerca la miseria de las chabolas que rodeaban la histórica ciudad. Según dicen los que lo vieron, a Don Francisco Franco Bahamonte se le saltaban las lágrimas y en el posterior discurso oficial dijo con emoción: “Después de veinticinco años de paz, existen todavía en España diferencias indignantes”. Fuera o no un impulso sensiblero o populista, el caso es que mandó a sus ministros la confección de un modelo de Reforma Agraria. Los proyectos inundaron su mesa de trabajo, pero la idea no progresó y, sin que nadie supiera por qué, desapareció de la agenda gubernamental. Silencio sobre el tema. Hasta que, unos años después, en otro discurso oficial pronunciado por el presuntamente todopoderoso dictador en Córdoba, volvió a sacarse de la manga el tema diciendo: “Yo pido, a los que pueden, que den las facilidades necesarias para que este país tenga la reforma agraria que necesita”. ¿Quiénes son “los que pueden”? Se preguntaban con perplejidad algunos, mientras escondían sonrisas socarronas. La petición del “generalísimo” no obtuvo respuesta y, si la tuvo, se la llevó Don Francisco Franco a la tumba, él, que había llegado a pensar que podía hacer y deshacer a su antojo olvidando su inicial, y esencial, condición de sicario.

Los sicarios de hoy son otra cosa. Don Mariano Rajoy Brey (Santiago de Compostela, provincia de A Coruña, 1955), por ejemplo, ya no usa frases  de patriotismo rancio como “Por el imperio hacia Dios” o “España Una Grande y Libre”, emplea conceptos modernos como “Democracia”, “Libertad de exprersión”, “Transparencia”, “Flexibilidad”, etc. Viste pulcramente, luce barba respetable y sonríe eclesiásticamente. No practica la violencia física – o tal vez también, pero apoyándose siempre en la “legalidad” - sino el arma de los “decretos-ley” que se convertirán en leyes, unas leyes que definió Dickens en 1827 como “destinadas a la explotación de los hombres y a mantener los privilegios de los ricos”, utiliza métodos de persuasión verbal con lenguaje críptico y a veces contradictorio; por la mañana dice que la última cosa que piensa hacer es inyectar dinero a la banca privada y por la tarde nacionaliza un banco indemnizando a los responsables de la bancarrota. ¿Se trata acaso de un esquizofrénico duro o blando según le da, o de un mentiroso compulsivo y caprichoso? En absoluto; el Señor Don Mariano Rajoy Brey, gallego de pro, sube y baja a la vez las escaleras según suena el aire en las altas esferas de “los que pueden”, bendecido también por el cardenal de turno. No se trata tampoco de un idealista iluminado, sino simplemente de un funcionario eficaz, ejecutivo experto, capaz de vender una cosa y también la contraria según sea el cliente que paga o no, le ponga o no el dinero del sueldo en una banca suiza. Es decir, también, sicario perfecto, hábil para aprovechar las circunstancias, conseguir votos y usarlos luego como arma para favorecer a quién sea necesario, convenciendo al personal de que lo verde es blanco y lo negro no llega a gris – Edward Barneys, asesor de presidentes y empresarios norteamericanos, decía: “La realidad no es lo que es, sino lo que yo digo que es” -, dispuesto a deshacer lo que haga falta y a respetar lo que convenga. Por ejemplo, el nombre y el recuerdo del anterior “sicarísimo” gallego que, curiosamente, murió un 20 de Noviembre, la misma fecha en que Don Mariano Rajoy Brey o el relevo en el cargo. "Sube y baja a la vez las escaleras según suena el aire en las altas esferas de “los que pueden”"

Por cierto que el famoso dictador Don Francisco Franco Bahamonte, también usaba, de vez en cuando, maniobras sutiles, dignas de un maestro de la hipocresía. Baste recordar que, durante la guerra civil, dio orden a su Director General de Prisiones de que no se respondiera a ninguna de las peticiones de clemencia ante una condena a muerte – existían muchos parientes o amigos condenados, que militaban en el “Movimiento” -, hasta que no fuera ejecutada la sentencia.

Todas las libertades cívicas, los derechos legales o laborales que fueron bandera de los republicanos, las reivindicaciones sociales por las que habían luchado generaciones, fueron abolidas de un plumazo – o un piquete de ejecución – por el excelentísimo Señor Don Francisco Franco Bahamonte, a la sazón ya convertido en Generalísimo de los ejércitos y Caudillo de España, por la gracia de Dios: desaparecieron los partidos políticos, se estableció una fuerte censura, se creó el Sindicato único – más bien el control de los trabajadores -, el Golpe de Estado fue definido como “Guerra Santa” en una España “Católica, Social y Representativa” orientada “Por el Imperio hacia Dios”.

Ahora, después de unos cuantos años del ensayo de Democracia impuesto desde los grandes poderes internacionales a la muerte del sicario “todopoderoso”, Don Mariano Rajoy Brey se ha convertido en el “sicarísimo por la gracia de “los que pueden” - tal vez incluso, por “la de Dios” o, por lo menos, de los que dicen representarle en la tierra-, y, apoyándose en la mayoría absoluta conseguida el 18 de Julio de 1936, perdón, el 20 de Noviembre del 2011 -, parece querer poner las cosas en orden partiendo del descrédito paulatino de los sindicatos de clase, la reducción progresiva de los derechos laborales y cívicos, la supresión de la ley del aborto o las bodas homosexuales, la sumisión de las comunidades autónomas, devolviéndolas a su antigua condición de “regiones”, el encorsamiento de las manifestaciones populares, etc, etc. Eso sí: en nombre de la Democracia, del orden, el Bienestar, la Libertad. Y “los que pueden”, felices, naturalmente, protegidos por el escudo de la hipocresía.

¿Y los ciudadanos de a pié, los mismos votantes – o buena parte de ellos, para ser objetivos – que encumbraron al sicario? ¿Nadie se siente estafado? La verdad es que la paciencia popular es casi infinita y en ello confían los sicarios de hoy, recordando que el pueblo llegó a soportar carteles propagandísitico con frases como “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan” -, mientras se veían obligados a usar la cartilla de racionamiento. Claro que el siglo XXI no es lo mismo que los años cuarenta del anterior y no es tan fácil amordazar o anestesiar a la gente. Quizá, hoy, acabe resultando peligroso apretar demasiado las tuercas, quizá ya no está tan claro lo que afirmaba un famoso nazi de que “repitiendo una mentira acabe convirtiéndose en verdad”, quizá la “España Una Grande y Libre” que tanto añoran algunos ya no sea posible, aunque los sicarios de hoy se hayan lavado la cara, el lenguaje y pretendan lavarse incluso las manos... No hay que olvidar que, hace un par de siglos, algunas cabezas coronadas que se creían intocables, acabaron cayendo en la guillotina y el mundo cambió. Cuidado.

Aplíquense el cuento “los que pueden”. Y sus sicarios – gallegos o no – también, naturalmente.

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