La relación entre el arte y el poder III

Nace el genio artí­stico

La alianza del artista con el poder queda definitivamente sellada

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20-08-2012
En el imperio helení­stico creado por Alejandro Magno, aparece por vez primera el concepto de genio artí­stico. Un creador dotado de individualidad propia
Alejandro Magno
En el imperio helení­stico creado por Alejandro Magno, aparece por vez primera el concepto de genio artí­stico. Un creador dotado de individualidad propia

En la última entrega, vimos cómo a pesar de todo el esplendor artístico desarrollado en Egipto, Persia, el Oriente fértil o la Atenas clásica, el artista no posee ninguna relevancia individual. Se valora la obra de arte creada, no a su creador, que durante miles de años es considerado miembro de una categoría inferior de hombres: el artesano que debe utilizar sus manos para poder vivir. Desconocemos a la inmensa mayoría de arquitectos, escultores o pintores que crearon muchas de las más fabulosas obras de arte de la Antigüedad clásica, pero no porque sus nombres se hayan perdido, ni sus propios contemporáneos llegaron a conocerlos. Lo importante era la obra creada, su significado y su grado de perfección, no el hombre que la había creado.

A lo largo de cientos de años, la institución de la esclavitud había convertido cualquier actividad relacionada con el trabajo productivo, manual, físico, como algo indigno que presupone sumisión, servicio y obediencia. Algo contrapuesto e impropio a las tareas reservadas a las clases esclavistas, aristocráticas o sacerdotales, cuya ocupación era el gobierno, la guerra, la religión, el deporte o la instrucción de la mente. Durante todo este tiempo, el artista plástico que tiene que hacer un trabajo sucio, con materiales que manchan, obligado a manejar herramientas, a hacer un trabajo predominante manual, no es visto más que como el despreciable artesano que con su escaso salario tiene todo lo que le corresponde.

Hasta el sigo III antes de Cristo, el mundo antiguo resuelve la flagrante contradicción entre el menosprecio hacia el trabajo manual y la alta estima de la obra artística como instrumento precioso de propaganda y religión separando el producto artístico de la personalidad del autor. Es decir, se honra y se alaba la obra, pero al mismo tiempo se desprecia a su creador.

Todo esto es lo que va a cambiar de forma radical con Alejandro Magno y el período helenístico que tras su muerte va a dominar todo el Mediterráneo oriental, el Asia Menor y Oriente Medio a lo largo de varios siglos. Y cuya influencia perdurará varios siglos más con la asimilación por parte del nuevo poder emergente, Roma, de muchos de los presupuestos artísticos y culturales que encontrará en su expansión imperial hacia Grecia y el Oriente.

En el periodo helenístico, el artista perderá su anonimato, se reconocerá y valorará por primera vez su individualidad, expresada a través del “genio” artístico, y pasará a ocupar un nuevo estatus social, muy por encima del resto de clases y estrechamente cercano a los núcleos de poder económico, político y religioso.

Tras Alejandro Magno, las relaciones entre arte y poder cambiarán radicalmente para siempre.

Una magna obra revolucionaria

Para que esta transformación en el papel del arte y del artista fuera posible, era necesario a su vez que ocurrieran también profundos cambios económicos, políticos, culturales, sociales,... en el mundo que había existido hasta entonces.
Debajo del mito y la épica que rodea a la figura de Alejandro Magno, resulta a veces difícil discernir la ingente obra revolucionaria que emprendió y las profundísimas transformaciones que produjo en el mundo de la Antigüedad clásica. Con Alejandro Magno nace una nueva idea, el proyecto del Estado imperial, aunque su prematura muerte le impidiera llevarla a cabo. Pero dejará sentadas las condiciones para que en el curso de unos pocos siglos, Roma pudiera llevarla a cabo en todos sus extremos.

Al derrotar a su rival en la lucha por la hegemonía del mundo conocido entonces, el imperio persa de Darío III, Alejandro Magno abre el Oriente al influjo de Grecia. Si hasta entonces la medida de todas las cosas era la Atenas del siglo de Pericles, ahora el centro de gravedad de la evolución se traslada desde Grecia hacia Oriente. Pero con una diferencia cualitativa, los influjos entre ambos extremos son mutuos. "Alejandro Magno abre el Oriente al influjo de Grecia"

Por primera vez en la historia de la humanidad aparece lo que podríamos denominar una cultura mixta de carácter verdaderamente internacional. Las distintas culturas nacionales –Babilonia, Atenas, Egipto,...– se nivelan y se interpenetran mutuamente, dando a la época helenística un carácter auténticamente moderno. Las diferencias entre lo oriental y lo occidental, entre lo griego y lo bárbaro siguen existiendo, desde luego, pero ya no son barreras infranqueables.

Alejandro une a su corte a los prohombres de las naciones que va conquistando, educa a sus hijos en la filosofía y la ciencia griega, adopta las vestiduras persas y muchas de las costumbres orientales, se casa con Roxana, la hija del sátrapa de Bactria, a fin de tener un descendiente capaz de poseer bajo un mismo mando unificado el Oriente y el Occidente, funda ciudades a su paso que pronto competirán, rivalizarán y en ocasiones  eclipsarán a las griegas,...

La unidad entre Oriente y Occidente que propicia la obra de Alejandro, va a tener a su vez un profundo impacto económico y social. Junto con las barreras culturales, caen también las comerciales. El puerto de El Pireo, junto a Atenas, cede su hegemonía al de Rhodas, más cercano a Turquía que a la península balcánica. La multiplicación de los intercambios comerciales que permite el nuevo imperio potencia la producción esclavista. Aumentan las diferencias sociales y la concentración de la riqueza, pero al mismo tiempo se produce una cierta nivelación social en los estratos intermedios situados entre los grandes propietarios esclavistas y los esclavos. Una nueva clase mercantil emerge poderosa y rica al tiempo que se agudiza el declive de las viejas aristocracias de estirpe guerrera de la Antigüedad clásica. 

Arte y propaganda

Por primera vez en la historia también, Alejandro Magno transforma el arte en un elemento de propaganda de su figura y de su proyecto. Con él se desarrolla una nueva veneración al héroe, un autentico culto a la personalidad que precisa de artistas instalados, y bien remunerados, en su corte. Apeles no es sólo su pintor áulico, también es uno de los más íntimos confidentes de Alejandro Magno.

La creación de un Estado imperial tan amplio, exige una capacidad de propaganda que hasta entonces estaba reducida a lo local, a las polis. En consecuencia, arte y artistas pasan a ocupar un nuevo papel. El desarrollo material y la acumulación de riqueza permiten que se produzca una nueva y mayor división social del trabajo. El artista plástico ya no va a formar parte de la categoría inferior de los hombres dedicados al trabajo manual, tiene que estar cerca del poder para cumplir con su nuevo papel de exegeta y propagandista, y para ello debe ser elevado a un nuevo estatus social. Y a pesar de que continúan realizando su trabajo con las manos, ahora el suyo ha pasado a ser un trabajo intelectual, un trabajo de creación. "La obra del artista plástico pasa a ser un trabajo intelectual, de creación"

Es el nacimiento del “genio artístico”, un concepto imposible en la Antigüedad, pero que ahora la necesidad abre paso. Y que encontrará su completa formulación en la filosofía neoplatónica de Plotino cuando afirma que “lo bello es un rasgo esencial de lo divino”. Y que por lo tanto, sólo mediante la belleza y las formas del arte no es dado reconocer y recobrar fragmentos de una totalidad que los hombre hemos perdido a consecuencia de nuestro alejamiento de la divinidad.

El artista plástico empieza ahora a ser comparado con el demiurgo, acentuando así cada vez más el elemento creador –alejado ya por tanto del embrutecimiento del trabajo manual– en la obra del artista.

Para éste, el nuevo reconocimiento de estar poseído de alguna forma por la divinidad, o al menos de ser capaz de conocer y expresar algunos de sus secretos, es una fuente de riqueza y prestigio social. Para el poder, ser ensalzado y glorificado por alguien que está en contacto con la divinidad es ganar autoridad y legitimidad ante su súbditos.
Arte y poder sellan en tiempos de Alejandro Magno una alianza que se mantendrá bajo distintas formas a lo largo del tiempo.

Artistas y funcionarios

Este nuevo proceso de recategorización social del artista, de reconocimiento de su genio creador va a conocer un impulso extraordinario en el turbulento período que sigue a la muerte de Alejandro Magno.

Como es sabido, su herencia pasan a disputársela su generales, los llamados Diádocos, que acaban repartiéndose su imperio tras 20 largos años trufados por seis grandes guerras e innumerables pactos, alianzas y traiciones. Finalmente, el sueño unificador de Alejandro se transforma en la existencia de tres grandes imperios, dirigidos por la selecta elite griega que había acompañado a Alejandro Magno y sus descendientes. La dinastía seléucida gobernará sobre lo que hoy es el Oriente Medio, la ptolomeica se asentará en Egipto hasta la conquista romana, y la de los antigonos reinará sobre Macedonia y la vieja Grecia.

A pesar de su división, los tres imperios forman una unidad que hasta entonces jamás había existido. Sus dinastías reinantes y el nuevo núcleo de sus clases dirigentes están imbuidos de la cultura griega y del proyecto uniformador y globalizador que llevó a Alejandro a iniciar su magna empresa.

Los elementos racionales, filosóficos y científicos que trae consigo la tradición de la Grecia clásica se funde con el  minucioso aparato burocrático organizador de vastos dominios propio de las autocracias orientales.

La vieja aristocracia gobernante, con su afán de distinguirse y aislarse, de mantener la pureza de su estirpe y de sus antiguas tradiciones ya no es en absoluto adecuada para llevar –ni siquiera para formar parte– de la organización y administración de los nuevos imperios."Los artistas se emancipan de los artesanos y forman una casta autónoma"

Cualquier habitante de cualquiera de los tres imperios puede, sólo con cambiar de residencia, convertirse en ciudadano de cualquier ciudad, los vínculos gentilicios y de clan que todavía existían en las antiguas polis han quedado definitivamente rotos. El Estado favorece la selección de los individuos por su habilidad para los negocios, para la técnica, para la construcción, para la guerra, para la instrucción,... porque ellos son los más útiles para la organización interna del imperio mundial.

Y esto vale también para intelectuales y artistas. La actividad une, en una gran comunidad de trabajo a literatos, sabios y artistas de todo el mundo civilizado. Se crean las primeras instituciones centralizadas de investigación, museos y bibliotecas, organizadas por vez primera de acuerdo a los principios de la división del trabajo.

De la misma forma que los imperios helenísticos emplean y mandan a sus funcionarios de un sitio para otro sin tener en cuenta su nacionalidad, su raza o su ciudad natal, artistas e investigadores son también desarraigados y se reúnen en los grandes núcleos internacionales de la cultura.

La insaciable demanda de arte en las cortes de los Diádocos y la riqueza que se acumula en manos de esclavistas, grandes banqueros y comerciantes traen aparejada un aumento espectacular en el consumo de obras artísticas, realzando así el valor del arte y la consideración del artista. La educación filosófica y literaria penetra en el círculo de los artistas al mismo ritmo que se va incrementado su riqueza y fortuna personal.

Los artistas se han emancipado definitivamente de los artesanos y se conforman como una casta autónoma, superior a éstos. Su alianza con los poderes dominantes ha quedado definitivamente sellada. Y así continuará durante muchos largos siglos.



Arte y cultura proletaria

Tras el triunfo de la revolución de Octubre, surge entre artistas e intelectuales soviéticos una corriente que defendía que en una sociedad socialista la individualidad artística estaba condenada a extinguirse, puesto que su destino era “disolverse en la conciencia colectiva”. En consecuencia, también el arte estaba condenado a desaparecer dado que era fruto de “la conciencia individual característica de las sociedades de clases anteriores”."El marxismo no rechaza en modo alguno las más valiosas conquistas de la época burguesa"

El Partido Bolchevique que había impulsado a las distintas corrientes y tendencias artísticas que conformaban las vanguardias rusas, tuvo que salir a la palestra para criticar como errónea y perjudicial esta concepción, señalando cómo el nuevo arte revolucionario debía de partir, asimilar, elevar y poner a disposición de las amplias masas lo mejor y más elevado que la humanidad había producido hasta entonces en el terreno artístico y cultural. El mismo Lenin se vio obligado a redactar personalmente en 1920  una propuesta de resolución para el congreso del Proletkult donde afirma explícitamente:

1. En la República Soviética obrera y campesina, toda la organización de la instrucción, tanto en el terreno de la instrucción política en general como especialmente en el del arte, debe estar impregnada del espíritu de la lucha de clase del proletariado por el feliz cumplimiento de los fines de su dictadura, es decir, por el derrocamiento de la burguesía, la supresión de las clases y la abolición de toda explotación del hombre por el hombre.

2. Por ello, el proletariado debe tomar la parte más activa y principal en todos los asuntos relacionados con la instrucción pública, personificado tanto por su vanguardia, el Partido Comunista, como, en general, por toda la masa de organizaciones proletarias de distinto tipo.

3. Toda la experiencia de la historia moderna y, en particular, más de medio siglo de lucha revolucionaria del proletariado de todos los países desde la publicación del Manifiesto Comunista demuestran incontestablemente que sólo la concepción marxista del mundo expresa de modo correcto los intereses, el punto de vista y la cultura del proletariado revolucionario.

4. El marxismo ha conquistado su significación histórica universal como ideología del proletariado revolucionario porque no ha rechazado en modo alguno las más valiosas conquistas de la época burguesa, sino, por el contrario, ha asimilado y reelaborado todo lo que hubo de valioso en más de dos mil años de desarrollo del pensamiento y la cultura humanos. Sólo puede ser considerado desarrollo de la cultura verdaderamente proletaria el trabajo ulterior sobre esa base y en esa misma dirección, inspirado por la experiencia práctica de la dictadura del proletariado como lucha final de éste contra toda explotación.

5. Sustentando firmemente este punto de vista de principio, el congreso de Proletkult de toda Rusia rechaza con la mayor energía, como inexacta teóricamente y perjudicial en la práctica, toda tentativa de inventar una cultura especial propia, de encerrarse en sus propias organizaciones aisladas, de delimitar las esferas de acción del Comisariado del Pueblo de Instrucción y del Proletkult o de implantar la "autonomía" de Proletkult dentro de las instituciones del Comisariado del Pueblo de Instrucción, etc (...)