Los Territorios í‰ticos

Hagamos teatro

La columna de Jorge Eines

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25-10-2012
www.jorge-eines.com
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No hay que mentir. Hay que hacer teatro.

Es habitual que se acuse a los jugadores de fútbol cuando exageran las consecuencias de una infracción cometida por un rival. Hacen teatro, les dicen. Fingen lo que no ocurre.

Eso no es actuar. Eso es ser un mentiroso en la vida, en el deporte y en el arte.

Los animales no mienten. Hacen. Un hombre que en un estadio de fútbol insulta a un jugador de su equipo y dos minutos mas tarde lo enaltece porque ha conseguido un gol. ¿Qué es? ¿Un animal contradictorio o un oportunista social? Desarmado por la pasión del momento expresa en la contradicción su universo subjetivo. El amor a su equipo lo hace incoherente con la lógica de la vida y lo instala en otro universo lógico.

Mientras está con otros en un nuevo territorio de implicación y expresión, nace una nueva verdad que lo instala en una nueva espiritualidad. Compartiendo con otros se convierte en otro.

¿Es eso un actor? Un pasión compartida que acaba siendo una verdad. La construcción de algo que debe ser trasmitido a quien observa y escucha. ¿Pero hay alguien ahí, a quien comunicar una verdad?

Supongamos que un grupo de actores deciden trasmitirla y que los interlocutores existen. ¿Qué importancia le adjudicamos al espectador? Me voy a atrever a decirlo. El objetivo es que lo que hacemos pueda ser visto por la mayor cantidad de personas posible.

Alguna vez necesité creer que no aspiraba a tener muchos espectadores sino los mejores. Era lógico sentirlo asi mientras actuábamos algunos textos de Samuel Beckett. Ahora me doy cuenta que expresé mal mi deseo. Yo quería muchísimos de los mejores. Teatros repletos de aquellos que quieren ser los mejores espectadores y se arriesgan a poner su cuerpo y su espíritu al servicio de argumentos y conductas que intentan habitar el sin sentido becketiano. Quiero decir actores que actúan, para contar una historia difícil de contar y un público atrevido e inquieto respeta y comparte lo que en la escena ocurre.

Cuando alguien no sabe leer y escribir pensamos que eso sucede porque no ha tenido la opción de aprenderlo. A los espectadores no se les da la opción de crear, imaginar, identificarse y completar aquello que un gran actor actúa cuando asume un texto de un gran autor.

Nuestra sociedad no desea enseñarle. Por el contrario necesita un público muy ignorante petrificado delante de un televisor.

Si eres actor de teatro te la juegas. Pides ayuda y puede no venir nadie. Es lo que hay. Por eso es muy importante aprender a fracasar mientras que al mismo tiempo queremos convocar la mayor cantidad de espectadores posible.

¿Pero porque aprender a fracasar? Para combatir el posibilismo mediocre.

El fracaso nos da peso y coherencia. Nos ayuda a renunciar a lo que se debe hacer. Nos obliga a elegir lo que queremos hacer. Nos insta a dar la batalla para no perder la autoestima. Nos otorga una moral mientras evita que nos desmoralicemos.

No. No estoy escribiendo un panfleto de autoayuda. Estoy hablando de mi profesión. De un universo profesional alimentado por valores narcisistas con individuos tan triunfadores como enamorados de si mismos.

¿Por qué hay tantos jugadores de fútbol que juegan tan bien y sin embargo nos parecen tan idiotas? Porque es más fácil enseñar a golpear un balón que a pensar.

La pasión por aprender, por conocer, nos salva de la codicia y la mezquindad. En cambio la pasión por la ignorancia ayuda a estar muy enamorado de uno mismo.

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