SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

Mesí­as o mártir

El Mundo

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25-11-2012
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¡Qué desastre de campaña! ¡Qué desastre de mensajes! ¡Qué desastre de líder!

Empezando por lo último: un presidente que, a mitad de la legislatura, se tira por sorpresa del carro de la gestión para intentar que la ciudadanía se olvide de sus problemas verdaderos y cambie de tema, porque el que hay sobre el tapete le obliga a él a dar explicaciones difíciles y a cargar con su responsabilidad en la administración de la crisis, es un líder que hace trampas.

Un señor que, en las circunstancias de escasez y recortes que nos aprietan en estos momentos, tiene el descaro y el atrevimiento de convocar a sus votantes a una aventura imposible y falsa y les promete todo lo mejor si le siguen, es un líder que engaña.

Un político que se lanza a asegurar a la población que la ruptura política con España que él propone no conlleva de ninguna manera la separación automática de Europa es, en la versión más benévola, un líder ignorante.

Y una persona que no tiene reparos en provocar un gasto de cerca de 30 millones de euros en una campaña electoral con el único propósito de lograr una mayoría «excepcional» y que, de pronto, a unas horas de las elecciones, se descuelga diciendo que, aunque no logre ni siquiera la mayoría absoluta, su proceso «hacia la libertad» seguirá adelante, es un líder irresponsable al que hay que pedir cuentas en cuanto se cierren las urnas.

Porque, si resulta que todo va a seguir igual aunque él no consiga entronizarse como el Gran Conductor del Pueblo Elegido, ¿para qué ha disuelto el Parlamento y ha convocado elecciones anticipadísimas? Si le bastaba con lo que ya tenía para que él y su equipo continúen encabezando su Larga Marcha, que explique de inmediato qué razones le han llevado a introducir en Cataluña y en el resto de España el extraordinario grado de tensión política que ahora padecemos. Y el gasto.

Por lo que se refiere a los mensajes políticos lanzados desde mucho antes de que empezara la campaña electoral, todos se han demostrado racionalmente insostenibles.

El primero, y básico, lleva años movilizando el sentimiento de agravio de la población catalana hacia el resto de los españoles. Es el famoso Espanya ens roba. Este mensaje ha sobrevivido durante mucho tiempo porque los sucesivos gobiernos nacionales han respondido siempre con el silencio. Hasta ahora.

Ahora es cuando se empiezan a hacer las cuentas de verdad y cada vez le va a ser más difícil a CiU sostener públicamente y en serio esto del latrocinio. Sobre todo si la Comunidad de Madrid se decide a hablar de una vez y demuestra quién es quien de verdad paga aquí la solidaridad interterritorial y a costa de quién se hace. Y a mucha honra, además. Pero, a estas alturas del cansancio ciudadano, se ha iniciado la cuenta atrás para ese Espanya ens roba y hasta puede que acabe regresando como un bumerán hasta la plaza de Sant Jaume, pero ya con otra formulación.

El segundo mensaje, muy movilizador también, pero de vida breve, fue el que decía que Cataluña sería en el futuro un nuevo Estado dentro de la UE por derecho propio y porque ésa es la voluntad del pueblo catalán. Mensaje que desapareció en mitad de la carrera porque el andamio europeo se les cayó estrepitosamente en plena campaña electoral sin que los responsables políticos de CiU se hayan sentido en la obligación de dar explicaciones a esos ciudadanos a los que pedían el voto precisamente con ese señuelo.

Y el tercer y último mensaje, retórico hasta no poder más pero que sin duda les pareció adecuado para esa Larga Marcha que se disponen a iniciar, es el que lanzaron anteayer al alimón los nuevos «constructores de la libertad» Artur Mas y el novísimo independentista Duran i Lleida en el mitin de cierre de campaña: Cataluña «tiene la gente como ejército, la democracia como bandera y la libertad como himno». Ahí queda eso.

Difícil que, con ese contenido tan compacto, vayan a parte alguna. Aunque lo reciten en inglés. Porque ¿a qué está convocando en realidad CiU a los catalanes? Todo lo más a «ser para decidir», según el viejo lema. No les convocan a nada más concreto, a nada mejor.

Finalmente, una campaña que se centra en el líder, al que se presenta literalmente como el elegido para una gesta histórica y en cuya persona se centran todos los focos, no puede terminar como los estrategas pretendieron terminarla ayer, con la ayuda del diario La Vanguardia: cometiendo una flagrante ilegalidad. Que recogieran velas en el último minuto ante semejante desvarío no impide que se interprete la intención última de esta campaña, que ha sido la de reforzar la figura de Artur Mas apuntalándola con los rasgos de un Mesías o de un mártir, indistintamente. La convocatoria fallida de ayer respondía a este segundo perfil. Se pedía formalmente un apoyo a su persona. Era al margen de la ley, pero ya lo dijo él mismo hace unas semanas: ni tribunales ni constituciones le van a detener. Vía libre, por lo tanto, para el desagravio al jefe, al adalid de la independencia del pueblo catalán.

La convocatoria se acabó retirando porque era, sobre todo, un descomunal error político. Pero quedó en el aire el mismo aroma caudillista de aquella manifestación convocada en el País Vasco para protestar contra el asesinato de Fernando Buesa a manos de ETA, pero a la que una parte de los asistentes acudió con el exclusivo propósito de apoyar a Ibarretxe y, para pasmo general, no gritar contra los autores del atentado, sino a favor del presidente del gobierno autonómico: «¡Lehendakari, aurrerá!».

Decía anteayer Mas que Cataluña «está demasiado acostumbrada a probar el gusto amargo de la derrota, pero ahora quiere probar el dulce sabor de la victoria». Parecía que hablaba de él. No es seguro que lo consiga.

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