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Chipre: simpatí­a por una lavadora

La Vanguardia

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25-03-2013
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Tras la estabilización que la garantía ilimitada del BCE logró en septiembre con el respaldo de Merkel, en Francfort se preguntaban hace unos meses cuanto duraría la calma. Algunos ya decían que Europa había cambiado una crisis financiera por una crisis de empleo y recesión. Primero llegaron las elecciones italianas, que Merkel aún no ha mentado, y ahora el disgusto de Chipre. De nuevo la voluntad popular -en Italia unas elecciones, en Chipre un parlamento- se interpone en el camino del errático Diktat europeo.

Este segundo sobresalto ilustra la fragilidad de la situación europea y tuerce un poco la por ahora segura victoria de la canciller alemana para ganar su tercer mandato en las elecciones de septiembre bajo el lema, “qué bien lo hacemos”. Pero al directorio berlinés-bruselense le crecen los replicantes. Desde Berlín se calificó de payasada lo de Italia -lo dijo el candidato socialdemócrata a la cancillería, Peer Steinbruck- y ahora se reduce a Chipre a una lavadora de sucio dinero ruso. Pero la isla mediterránea es mucho más que eso y ha demostrado tener sentido de la dignidad.

Chipre tiene una historia de colonialismo y dependencia europea  muy cruda que comenzó en 1878 cuando la isla fue adquirida a los otomanos por la Inglaterra victoriana hoy parte de la Unión Europea. La sombra de aquel yugo, que en los años cincuenta ignoró el referéndum nacional chipriota a favor de la “Enosis”, la unión con Grecia (con el resultado de un 96% de la población griega local, 80% de la población total, a favor) continúa hasta hoy en forma de bases militares británicas tres veces mayores que Guantánamo. Desde ellas el Reino Unido lanzó en 1956 sus infames bombardeos tardo coloniales contra el Egipto de Nasser y contribuyó al desastre de Irak.

A su independencia en 1960 gracias a la tenacidad del ejemplar Patriarca Makarios de su Iglesia ortodoxa, autocéfala desde el siglo V, siguió la invasión y colonización del ejército turco, golpista y esbirro de la OTAN por excelencia, y la injusta y brutal partición de la isla en 1974, un escándalo sangriento en el que Europa dejó hacer a los militares turcos.

La democracia chipriota ha sido ejemplar, con alto nivel de instrucción, menos corrupción que en Italia y España y elecciones limpias. Desde esa historia no es casualidad que el agravio lanzado por el directorio europeo haya indignado en Chipre y que los sentimientos hacia Rusia sean favorables.

La solución expropiatoria impuesta tenía como principal justificación una cuestión de política interna alemana en periodo preelectoral: los rescates (a los bancos) no son populares en Alemania. Y con razón. Pero Europa lleva tiempo salvando bancos internacionales con dinero del contribuyente, especialmente bancos de los países centrales, los más expuestos, con los rescates que llevan nombre de los países de la periferia. Eso es lo que los votantes alemanes ignoran, en gran parte gracias a sus medios de comunicación.

La jugada expropiatoria impuesta a los chipriotas demuestra, una vez más, la desigualdad entre naciones europeas, algunas de ellas sin derecho alguno a la soberanía, algo sobre lo que Chipre conserva buena memoria en su biografía.

Al anunciar en octubre de 2008 que garantizaba a los alemanes sus depósitos bancarios, Merkel dijo que lo contrario significaba, “comprometer la confianza en el orden social”. La solución chipriota demuestra que esa confianza se puede destrozar sin problema en los países de la periferia. Un aviso general para potenciales rebeldes.

La justificación del sucio dinero ruso es indecente y selectiva. Según los índices de la ONG Tax Justice Network, Chipre ocupa el puesto número 20 en la tabla mundial de opacidad financiera. Por delante de ella hay seis naciones europeas, con Alemania en el puesto nueve de los diez más opacos del mundo. La campaña de la prensa alemana contra el “sucio dinero de los oligarcas rusos en Chipre” ha coincidido con revelaciones sobre generosos depósitos de oligarcas alemanes, tratados aquí de “empresarios prominentes”, en el paraíso fiscal panameño: Piëch, el dueño de Porsche, Quandt, BMW, la familia de banqueros Finck, el rey del café Jacobs y el editor del imperio Burda, entre otros. De repente en Alemania el concepto “oligarca” – “personas que pertenecen a un grupo reducido y ejercen el poder supremo”- se restringe a quienes han nacido en Rusia. Un estudio del SPD divulgado en enero estima en 150.000 millones de euros el fraude fiscal que tiene lugar anualmente en Alemania. La cifra representa el 16% de la recaudación total del estado. ¿Cual es entonces la enfermedad chipriota? ¿Quizá ofrecer a empresas rusas el estatuto fiscal favorable que en Irlanda es completamente respetable?

Los chipriotas no inventaron nada. En sus mejores días el “modelo Chipre” generaba en la City londinense el 10% del PIB británico. En Irlanda existe un esquema idéntico al chipriota de bajos impuestos para empresas, que ha continuado funcionando tranquilamente incluso tras el rescate de bancos internacionales concedido a ese país. El primer ministro de una gran lavadora internacional, Luxemburgo, el simpático Jean-Claude Junker, ha sido hasta enero, y durante ocho años, jefe del eurogrupo. Quienes en Alemania hablan del sector bancario “sobredimensionado” de Chipre -Merkel, Shäuble y Steinbrück, entre otros- son los mismos que liberalizaron la “plaza financiera alemana” que hasta los años 2000 estuvo menos abierta al casino. ¿Quién no tiene una banca “sobredimensionada” en la Europa del casino? La diferencia esencial de todo el asunto es que ahora se trata de un país de la periferia, pequeño y bajito, y que el dinero en juego es fundamentalmente ruso y afecta poco a los principales tahúres.

Chipre jugó al casino como todos, pero la principal ruleta estaba en Londres, Francfort y Nueva York, no en Nicosía. La isla mediterránea tenía una deuda pública del 48% en 2008 y ha sido, entre otras cosas, una víctima de la mala política europea hacia Grecia, que la troika empeoró con su medicina. La rebaja de la deuda griega costó 3000 millones a los bancos chipriotas.

Ahora se dice que los mercados entenderán el mensaje de este castigo político a los depositantes rusos que blanqueaban dinero en Chipre. Ser ruso y tener dinero en Chipre no es necesariamente “blanquear” y, en cualquier caso, ¿qué pasa con el blanqueo en Suiza, las islas Caimán, Luxemburgo, Estados Unidos, Jersey, Alemania, Reino Unido, Bélgica y Austria, por citar solo algunos de los veinte países en los que las finanzas son más oscuras que en Chipre según la citada organización? Y encima el coqueteo con Moscú: ese ejercicio de soberanía nacional ha sido un irritante desafío.

Un enorme yacimiento de gas con el que interesar al consorcio ruso Gazprom. Una posible base militar para la flota rusa en Limasol, que podría ser alternativa para continuar una presencia en el Mediterráneo Oriental si Moscú termina teniendo que salir por piernas de la Siria de El Asad…. Lo más irritante de la situación, vista desde Berlín y Bruselas, es este ejercicio de soberanía ejemplarizado por el viaje del ministro de finanzas chipriota a Moscú. El Directorio europeo, que en su día castigó a Rajoy por la minucia de un cuestionamiento de los objetivos de déficit y a Papandreu por proponer un referéndum, va a ser implacable con esto.

El caso chipriota es un abuso más de la mentalidad de matón que está desintegrando la eurozona. Hay que utilizar la situación para realizar lo que el diario Die Welt describe como, “un precedente que tenga efecto disciplinador sobre otros países en crisis reacios a realizar reformas”. Ante este trato no es de extrañar que dos de cada tres chipriotas apuesten por abandonar el euro y fortalecer las relaciones con Rusia, como señala una encuesta de Prime Consulting. O que el 91% apoye el “no”, unánime, de su parlamento a la quita en los depósitos.

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