En las últimas elecciones presidenciales, el líder supremo, el ayatolá Ali Jameneí, y el presidente Mahmud Ahmadineyad, formaron un frente común de hecho ante los reformistas de Moussavi. Una vez desmantelada la oposición reformista (con Moussavi bajo arresto domiciliario), la alianza se ha roto y los partidarios de Alí Jameneí parecen haber barrido electoralmente a los de Ahmadineyad, que queda políticamente muy debilitado. Frente a la idea difundida masivamente por los medios occidentales de un régimen teocrático rígido e inalterable, la realidad es que el régimen político iraní es un pulso continuo entre distintas líneas, que se ven obligadas a ganarse el apoyo electora de las masas para establecer una correlación de fuerzas favorable a sus proyectos. Algo impensable en Arabia Saudí o en cualquiera de las monarquías petrolíferas del Golfo. "Los partidarios de Alí Jameneí parecen haber barrido electoralmente a los de Ahmadineyad, que queda políticamente muy debilitado"
La victoria de los partidarios de Jameneí parece indicar que Irán se dispone iniciar un “rearme” ideológico y político en torno a los principios que guiaron la revolución de Jomeini, como medio de contrarrestar las crecientes amenazas y presiones que EEUU y su gendarme en la zona, Israel, están intensificando en los últimos meses.