Se llama Axel Kicillof. Nació en 1971 y se presenta en público como “el presente y el futuro” de la Argentina. No es un cualquiera ni un fanfarrón. Ni mucho menos un ignorante o un indocumentado. Fue profesor de la Universidad de Buenos Aires -donde presentó una tesis doctoral sobre Keynes que mereció el premio extraordinario de Facultad- y actualmente es número dos del Ministerio de Economía. Pero es, sobre todo, el ojito derecho de la presidenta argentina, y en torno suyo se ha construido una leyenda en el país.
Kicillof manda gracias a su solvencia intelectual. Aunque también a su capacidad para estar siempre en la sombra, incluso cuando daba órdenes en Aerolíneas Argentinas (...)
Nunca se pone corbata y conserva intacto su aspecto de estudiante rebelde forjado en caóticas asambleas de la UBA. Y lo que es todavía más importante. Es el autor intelectual -estamos ante uno de los economistas más sólidos de su generación- de un proceso político de indudable calado que devuelve a la Argentina al centro del debate internacional. Pero no por sus aportaciones a la ciencia económica, sino por recuperar la figura de la ‘expropiación forzosa’ para hacer política. Sin duda, una estrategia suicida en mundo globalizado, pero útil a efectos de consumo interno de la política.