Notice: Undefined index: titulo in /var/www/vhost/deverdaddigital.com/home/html/pagArticle.php on line 9 De Verdad Digital | La filosofía no tiene historia
Materialismo frente a idealismo: la línea de demarcación fundamental
La filosofía no tiene historia
Desde que aparece como tal en la Grecia clásica, todas las corrientes filosóficas pueden reducirse a la lucha entre dos tomas de posición antagónicas, materialismo frente a idealismo

Publicado el 16-12-2009
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Esta disputa entre materialismo e idealismo está presente desde la misma fundación de la filosofía en Grecia. De un lado los filósofos materialistas como Demócrito, que ya a finales del siglo V está proponiendo una estructura de la materia basada en los átomos.
Aparentemente, parece un contrasentido afirmar que la filosofía no tiene historia. ¿No podemos hacer un recorrido "histórico" por las obras de los diferentes filósofos, por las distintas corrientes filosóficas que se han desarrollado desde la Grecia clásica hasta nuestros días? Han existido difrentes "escuelas filosóficas", sí, pero desde que aparece como tal, en la Grecia clásica, todas las corrientes y tendencias filosóficas pueden reducirse a la lucha entre dos tomas de posición antagónicas, que dan lugar a dos concepciones irreconciliables: materialismo frente a idealismo. Por eso la filosofía no tiene historia. Es una permanente batalla entre dos tomas de posición de clase antagónicas en el terreno de la teoría. Todas las clases dominantes, también la burguesía, han adoptado una posición y un punto de vista idealista, que servía a su dominio de clase; y todas las clases revolucionarias han empuñado el materialismo como arma de combate.
La ciencia tiene su propia historia, plasmada en la acumulación de conocimiento que da lugar a saltos cualitativos, a la apertura de nuevos continentes científicos que antes no existían.

Pero la filosofía, como tal, no tiene historia, porque se trata de tomas de posición en el terreno de la teoría.

Desde que aparece como tal, en la Grecia clásica, todas las corrientes y tendencias filosóficas pueden reducirse a la lucha entre dos tomas de posición antagónicas, que dan lugar a dos concepciones irreconciliables: materialismo frente a idealismo.

Tal y como plantea Lenin, siguiendo a Engels: “el gran problema cardinal de toda filosofía, especialmente de la moderna, es el problema de la relación entre el pensar y el ser, entre el espíritu y la naturaleza [. . .]. ¿Qué está primero: el espíritu o la naturaleza? [. . .] Los filósofos se dividieron en dos grandes campos, según la contestación que diesen a esta pregunta. Los que afirmaban que el espíritu estaba antes que la naturaleza y que, por lo tanto, reconocían, en última instancia, una creación del mundo bajo una u otra forma [. . .], constituyeron el campo del idealismo. Los demás, los que consideraban la naturaleza como principio fundamental, adhirieron a distintas escuelas del materialismo”.

La filosofías idealistas se enfrentan rotundamente a la toma de posición del materialismo, plasmada en las tres tesis de materialidad.
Anteponen la conciencia al ser, el pensamiento a la práctica -el “pienso, luego existo” de Descates. Consideran -como en el mito de la caverna de Platón- que la realidad material no es sino un débil y defectuoso reflejo de las ideas. Defienden -como la burguesía, al idealizar la Razón como fuerza motriz- que existe algo previo y superior a la materia. Afirman que la materia existe sólo en la medida en que podemos percibirla, negando su existencia objetiva.

En el terreno de la ciencia, es imposible volver atrás. Hoy un físico no puede ignorar que existe la física cuántica y partir sólo de la mecánica newtoniana. Pero en filosofía sí es posible encontrar a empirocriticistas que parten, en sustancia, de los mismos postulados que un obispo anglicano del siglo XVIII, que ya fueron refutados por los materialistas de su época.

Porque, al hablar de filosofía, nos referimos a la disputa entre dos tomas de posición -materialismo e idealismo- que están presentes desde su mismo nacimiento, y protagonizan -bajo formas adaptadas a cada tiempo pero conservando la misma sustancia- una batalla sin fin.

Esta disputa entre materialismo e idealismo está presente desde la misma fundación de la filosofía en Grecia. De un lado los filósofos materialistas como Tales de Mileto, Anaximandro, Heráclito, Anaximenes, que ya partían de que el mundo tiene una existencia objetiva y los hombre podemos conocerla... hasta llegar a Demócrito que ya a finales del siglo V está proponiendo una estructura de la materia basada en los átomos. De otro lado, el idealismo de Sócrates, Platón o Aristóteles para los que el universo es en esencia una unidad inmutable, que, siendo infinita en tiempo y espacio, está más allá de la capacidad de conocimiento proporcionada por los sentidos humanos, que sólo nos pueden ofrecer una visión limitada y distorsionada de la realidad. Frente a los filósofos materialistas, se levanta otra concepción que niega a la experiencia y la observación la capacidad de conocimiento real del mundo, de la esencia de las cosas. En todo caso, a lo sumo, dice Platón, podemos obtener un cierto grado de probabilidad, no de certeza.

Una batalla entre materialismo e idealismo que vuelve a reproducirse hoy entre el materialismo dialéctico y el empirocriticismo.
 
La filosofía hace referencia a la posición -materialismo o idealismo-, pero también al punto de vista respecto al desarrollo de la materia -dialéctica o metafísica-.

Esta segunda ruptura también ha estado presente desde el mismo nacimiento de la filosofía. En Grecia podemos encontrar las concepciones de Heráclito -para quien la realidad está sometida a un proceso de cambio perpetuo- y de Parménides -que defendía la existencia de un Ser inmutable-.

Pero la diferencia fundamental entre Heráclito y Parménides es que el primero era materialista y el segundo idealista.

Pero eso no significa que estemos ante dos líneas de demarcación al mismo nivel, por un lado entre materialismo e idealismo y por otro entre dialéctica y metafísica.

La única línea de demarcación que separa, en el terreno de la filosofía, el campo revolucionario del reaccionario es la que existe entre el materialismo y el idealismo.

La posición -que obliga a situarse en el campo del materialismo o en el campo del idealismo- determina el punto de vista -la división entre dialéctica y metafísica-.

Por eso los filósofos burugeses de la Ilustración eran revolucionarios, a pesar de que su materialismo estaba lastrado por la metafísica. Y por eso la filosofía de Hegel tenía un carácter reaccionario -se convirtió en la filosofía oficial del absolutismo-, porque, a pesar de haber desarrollado extraordinariamente la dialéctica, partía de una posición absolutamente idealista.
 
 
Estas dos tomas de posición en el terreno de la teoría -el materialismo frente al idealismo- están asentadas sobre dos posicones de clase antagónicas.

Todas las clases dominantes han adoptado el idealismo como “filosofía oficial”. Y todas las clases revolucionarias han empuñado el materialismo como arma de combate.

El idealismo -sea en su versión religiosa, como ocurría en el feudalismo, o bajo el manto de la Razón, como sucede en el capitalismo- impide conocer la realidad, y por lo tanto nos niega la posibilidad de transformarla. Encubre las relaciones materiales de explotación que sostien el poder de la clase dominante. Mistifican las ideas dominantes, separándolas de la dominación de clase a la que sirven y revistiéndolas de una falsa universalidad.

El idealismo de Sócrates, Platón y Aristóteles estaban en íntima conexión con los intereses de la aristocracia esclavista. El idealismo religioso sostenía el poder de la nobleza feudal. Y el idealismo que encarna el humanismo está al servicio de los intereses de clase de la burguesía.

La burguesía, cuando fue una clase revolucionaria, empuñó y difundió el materialismo frente a las concepciones teocráticas feudales. Pero, como clase dominante, la burguesía está presa de una concepcción idealista.

Sólo el marxismo toma una posición radical por el materialismo. Sólo desde los intereses de clase del proletariado -acabar con cualquier tipo de explotación y opresión- puede desarrollarse hasta sus últimas consecuencias el materialismo, extendiéndolo a todos los ámbitos.
Es en torno a la concepción de la historia donde se libra la batalla más aguda entre el materialismo dialéctico y el idealismo propio de la burguesía.

Tal y como plantea Lenin, “sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proletariado en el régimen general del capitalismo”.

Sólo desde la posición y el punto de vista del materialismo dialéctico es posible desarrollar la ciencia del materialismo histórico, que desvela la naturaleza de la explotación capitalista, proporciona al proletariado la conciencia de cuales son sus intereses históricos como clase, y le permite poder transformar el mundo de acuerdo a ellos.

Para fundar la ciencia del marxismo, Marx tuvo que “liquidar cuentas con nuestra conciencia filosófica anterior”, es decir trazar una tajante línea de demarcación con el idealismo propio de la filosofia clásica alemana -y que impregnaba también las filas socialistas-.

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