Nunca pensó Mariano Rajoy que su llegada a la tierra prometida que supuso primero hacerse con el poder en el PP y, posteriormente, con el poder de la Nación, fuera tan desabrida y agria.

Porque, en efecto, desde que a finales del vertiginoso año 2011 alcanzó la presidencia del Gobierno, todo a su alrededor ha sido el rescate del Reino -que afortunadamente consiguió conjurar-, crisis económica, corrupción, Bárcenas, Granados y quilombo catalán, esto es, deslealtad y atrevimiento. Cuando cierra por la mañana un problema, inmediatamente aparece otro de mayores dimensiones.

Ahora tras las black, los Rato, los Blesa como exposición sublime de aprovechamiento político/personal, lo impúdico de los Granados, así como el rosario de argumentos podridos y apestosos que se pueden tabular en el cuarteado mapa nacional español desde Finisterre al Cabo de Gata, Mariano tiene que hacer frente a una larvada rebelión interna que, pese a estar en el ejercicio del poder, aparece en lontananza, es más, llama ya a las puertas con insistencia.

Normal. Donde no hay harina todo es mohína. Para las elecciones municipales y autonómicas, siempre tan decisivas en la historia política de España, resta poco más de medio año y hay mucho en juego. Y para las generales seis meses más, aunque el presidente tratará de estirarlas lo máximo en un intento por ganar tiempo. De modo y manera que el gesto nervioso y atribulado empieza a dibujarse en el rostro de tanto aspirante a moqueta o los que, teniéndola, no quieren mojarse los zapatos librándose de ella.

En los Grupos Parlamentarios del Congreso y del Senado es donde más se nota el picor y los tics nerviosos. Por un lado, están los desplazados por el marianismo –diputadas sin ir más lejos como Cayetana Álvarez de Toledo o Pilar Marcos- que salvo que la FAES de Aznar les ofrezca algún seguro de algo no tienen mucha perspectiva de carrera en lontananza ni siquiera repetirán en las listas en el 2015. Son los que no quieren que Rajoy repita como ticket. Están muy inquietos, aunque sin fuerza porque su jefe está haciendo negocios con Libia.

El segundo vector de diputados y senadores a los que Rajoy no les pone son aquellos que representan el sector más duro del Partido Popular y que en términos generales, y para entendernos, podríamos denominarles grupúsculo provida que cogen el teléfono a Benigno Blanco, aquel secretario de Estado de Álvarez Cascos que ahora hace campaña contra el PP. Hay senadores notables como Luis Peral pero la lista es considerable entre los que se podría incluir al ministro Fernández Díaz, aunque este siempre anda tratando de distinguir lo que es de Dios y lo que es del César.

Luego vendría el tercer sector, fiel al presidente, que cree llegado su momento por edad, por condiciones y por embarramiento de los “mayores”.

Creo que el estancamiento finalmente tiende a romper por alguna parte. O por varias. Lo que estoy anunciando es que puede haber noticias en breve al respecto, aunque siempre teniendo presente que el poder y su capacidad para ejercerlo con todos sus corolarios es un argumento al final de primera magnitud.

La pregunta del millón. ¿Tiene intención Mariano de presentarse a la reelección?

Depende y dependerá. Otras cosas se le pueden discutir pero que no sea Rajoy persona que pise suelo, no.