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INTERNACIONAL [02-02-2010]
Aumentan las tensiones entre EEUU y China
Líneas de falla en el orden mundial
El nuevo centro de gravedad de la política de Obama es la intensidad política y diplomática y la profundidad militar con la que ha comenzado a actuar sobre las periferias de China
Por A. Lozano
El tiempo histórico se acelera. Primero fue la escalada en Afganistán y la apertura de un nuevo frente de guerra en Yemen. Paralelamente, la recategorización de India como ‘aliado estratégico’ y socio militar de Washington en Asia. Después, la ofensiva de Google –auspiciada y apoyada por el Departamento de Estado– contra el gobierno chino. Más tarde la venta de armas a Taiwán. Lo último, el rearme de los países árabes vasallos de Washington en Oriente Medio y el despliegue militar norteamericano en el Gofo Pérsico.
Vistas de conjunto, las medidas tomadas por Obama en el último trimestre apuntan de forma cada vez más consistente al despliegue de una nueva estrategia geopolítica y militar global cuyo objetivo inmediato es contener a toda costa y a cualquier precio –incluso al de abrir nuevas líneas de falla y multiplicar las tensiones en el tablero mundial– el inaudito ritmo al que se está produciendo la emergencia de China como potencia mundial.
Mientras Europa se consume en la crisis de sus socios periféricos y en la indigencia política como jugador mundial, África resurge como objeto de disputa e Iberoamérica se ve sacudida por la nueva contraofensiva yanqui, los más importantes movimientos de las piezas del tablero se concentran en Asia, y en particular en las regiones que constituyen la periferia de China.
¿Por qué Taiwán, por qué ahora?
La aprobación por parte de Obama de la venta a Taiwán de un paquete de armas por valor de más de 6.000 millones de dólares –entre los que se incluyen helicópteros Black Hawk y misiles Patriot– no es posible entenderla como una simple maniobra diplomática táctica o una acción impulsiva provocada por las negativas chinas a las reiteradas proposiciones de Washington sobre la formación de un G-2, el control de sus emisiones en la cumbre de Copenhague o el rechazo al endurecimiento de las sanciones contra Teherán.
Tampoco es explicable en términos de factores internos como la revitalización de las industrias del complejo militar industrial o las urgencias electorales de los demócratas –tras la sorprendente pérdida de su escaño de Massachusets– ante la renovación de la mitad del Congreso el próximo mes de noviembre.
Su encadenamiento con los acontecimientos de los últimos meses indican con claridad que estamos ante la manifestación de un cambio de naturaleza estratégica en la política norteamericana hacia China.
Tras unos primeros meses dubitativos después de su llegada a la Casa Blanca, la política de Obama ha empezado a revelar una tendencia general cuyo centro de gravedad lo constituye la intensidad política y diplomática y la profundidad militar con la que ha comenzado a actuar sobre las periferias de China.
Tendencia que empezó a manifestarse a principios del verano pasado con la instigación de las violentas revueltas en la región autónoma china de Xinjiang, y en la que se incluyen un conjunto de medidas tomadas desde entonces como la retirada de tropas de Irak para aumentarlas en Afganistán, la reactivación de los acuerdos militares con India, el reforzamiento de su control e influencia sobre las rutas marítimas claves del Océano Índico, la creciente y silenciosa penetración militar en Filipinas, la política ‘de retorno’ al Sudeste Asiático, la apertura de un nuevo frente de guerra en Yemen o el rearme en Oriente Medio y el Golfo Pérsico.
“Un período desagradable”
Desde esta perspectiva, la venta de armas a Taiwán no es sino un eslabón más del cambio de política hacia China emprendida por la administración Obama.
Tras el estallido de la crisis financiera en septiembre de 2008, los esfuerzos norteamericanos se concentraron en conseguir que la fortaleza económica y la abundancia de divisas de Pekín se pusieran al servicio de las necesidades de Washington para salir lo más rápidamente y con los menores daños posibles de la crisis.
La negativa china a consentir la devaluación de su moneda ha mostrado a EEUU que China, a diferencia de sus socios-vasallos, no es manejable tampoco en ese terreno. En contraposición a la sumisión europea en la crisis del petróleo de 1973 o japonesa en la de mediados de los 80, cuando ambos aceptaron que Washington les traspasara mediante la devaluación del dólar el grueso de la factura de la crisis, Pekín ha contraatacado proponiendo una alternativa de medio-largo plazo que contempla la sustitución del dólar como moneda de reserva del sistema monetario internacional.
Como consecuencia de este tira y afloja, en apenas año y medio de crisis la posición relativa de ambos se ha desarrollado como en una especie de espejo invertido: las pérdidas y el retroceso de EEUU se han traducido, en términos de poder económico e influencia mundial, en ganancias masivas para Pekín.
No es por ello extraño en absoluto que en el seno de las elites norteamericanas se haya producido un giro de 180 grados con respecto a las relaciones con el gigante asiático. La Fundación Heritage –un think tank conservador financiado por los Mellon, la multimillonaria dinastía bancaria estadounidense– afirmaba a mediados del pasado mes de enero que “las relaciones con China han entrado en un año realmente peligroso y turbulento”, declaración realizada sólo una semana después de que la secretaria de Estado Hillary Clinton manifestara que las relaciones China-EEUU van a entrar en 2010 en “un período desagradable”.
¿Hasta dónde está dispuesto a llegar EEUU en esta estrategia de “pensamiento de Guerra Fría”, como ha empezado a ser calificada por algunos?
Evidentemente hasta donde la reacción y las medidas de Pekín lo permitan. Washington no puede estar interesado en desatar una confrontación general y global con China, en la que, dada la posición relativa y la tendencia de desarrollo de uno y otro, tiene mucho que perder pese a su posición hegemónica global.
Sin embargo, lanzar nuevos desafíos y desestabilizar a China –tanto en sus flancos débiles internos (Xinjiang, Taiwán, Tibet,...) como en su periferia inmediata– significa potencialmente ralentizar el desarrollo del que se ha convertido ya en la nueva locomotora de la economía mundial, propiciando así que el grueso del capital y el flujo de la inversión vuelva a dirigirse masivamente hacia EEUU en lugar de afluir a China como ocurre en la actualidad.
Sin embargo, en este camino, Washington está elevando temerariamente el termómetro de la tensión internacional y empujando peligrosamente al choque de las principales placas tectónicas que conforman el orden mundial, multiplicando así el riesgo de una acentuación de las líneas de falla de consecuencias impredecibles.
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